YULI

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Icíar Bollain (Te doy mis ojos, El olivo) firma esta película biográfica sobre el bailarín cubano Carlos Acosta, protagonizada por él mismo, Keyvin Martinez y Edlison Manuel Olbera, así como Santiago Alfonso.

Mientras prepara su nuevo espectáculo, el bailarín Carlos Acosta recuerda su vida, su tensa relación con su padre, que le obligó a apuntarse a una importante escuela de danza porque creía que tenía un talento innato. Sin embargo, el chico quería ser futbolista y no dedicarse a esto.

El filme se abre situando al espectador con diversos planos del malecón de La Habana en los créditos iniciales.

También al inicio vemos sus primeros pasos en ritmos que no sería habituales en su trabajo, el breakdance, haciendo el robot o imitando a Michael Jackson.

La relación con su padre es la que va marcando el filme y descubrimos, aparte de su obcecación en convertirlo en bailarín, las historias que le explica de su familia (en parte inventadas en la línea de Big Fish) o su autoritarismo. Muchas de las coreografías que crea son en base a esos recuerdos.

Los números musicales están filmados con gran delicadeza y en ellos la cámara no está estática, sino que también sigue unos movimientos en función de la coreografía.

Utiliza un método muy ingenioso para integrar los videos reales de las obras del bailarín. La familia, lo ve por la televisión desde Cuba.

Como explica la directora sería el caso opuesto al de Billy Elliot, ya que el chico no quería bailar y menos que se rieran sus compañeros de él llamándole mariquita.

Atención al rostro de Carlos Acosta, recuerda mucho a Denzel Washington.

Muestra el contraste entre la vida humilde de los suyos y el entorno de lujo en el que él se mueve así como el hecho de sentirse apátrida, ya que no se considera ni de un sitio ni del otro.

Se plantea la pregunta de si hizo bien en sacrificar su felicidad por su destino, dedicarse al arte.

Aborda también el triste drama de los balseros que intentan llegar a Estados Unidos, así como las diferencias que se hacen entre el trato a los turistas y a los cubanos en su propio país.

Quizás no sea la mejor película de Bolláin, pero es sencilla, honesta e interesante.

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